jueves, 30 de junio de 2011

Un golpe de suerte. Décimotercera parte.

13.

Era el tercer día que nos encontrábamos en este maravilloso hotel y parecía que nada podía pasar. Nada hasta hoy. Parecía una escena sacada de mis peores pesadillas pero, sin embargo, de esto sabía que no escaparía cuando abriera los ojos. Esto era la vida real.


Adam y yo estábamos tomando el sol en la piscina-cáscada, como cada mañana, cuando una pareja a lo lejos consigue hacerme perder la concentración de mi charla con él para centrarme en ellos. No fui la única a la que le pasó. Él estaba atónito, más a un si cabe, a dicha pareja. Creíamos que todo se acabaría hasta que ambas figuras se movieron al unísono y acabaron posicionándose delante de nosotros. Él era James. Ella era una pelirroja que no alcanzaba a conocer.


- Hola James... - Dije haciendo un mohín.
- Hola Erleen, yo también me alegro mucho de verte por aquí. - Contestó con tono sarcástico. - Te presento a mi novia, Alyson.
- Encanda de conocerles - Respondió la pelirroja.

Yo me estaba poniendo enferma con tanta tensión y con esta estúpida y absurda situación. ¡Se supone que había venido aquí para tener momentos tranquilos y relajantes al lado de la persona que amaba! No para encontrarnos con personas que me desquiciarían de los nervios.

- Disculpa James, en este momento andamos un poco ocupados, ya que ahora tenemos nuestra sesión de masajes matinal. ¿Te hospedarás aquí? - Curioseó Adam, haciendo que la situación fuera más llevadera para mí.
- Sí, efectivamente. Necesitaba un tiempo de descanso, ya saben la gran ciudad hace que uno... esté cada día más agotado. Creo que me entienden, ¿no? - Siguió burlándose. - Nos veremos más a menudo por aquí.
- Hasta luego James. - Finalicé yo.
- Ah, por cierto - Quiso seguir él - Disfruten del masaje.

No contesté nada, ni siquiera me volví para gritarle. Estaba cansada de seguir con sus estúpidos juegos, sólo buscaba llamar la atención y no le iba a conceder el gusto de salirse con la suya.

- Erleen, debes de relajarte, esto es solo un contratiempo, no tenemos por qué hacerlo una montaña de arena. - Intentó consolarme Adam.
- Lo sé, pero todo lo que había conseguido en tres días, esa desconexión total, esa forma de relajarme, de olvidarme que estábamos a escasas horas del barullo y de la pesadez del día a día, esa paz que envolvía todo mi cuerpo y que me hacía flotar... ¡Se ha esfumado! - Estaba desbordada.
- Bueno, reconozco que su presencia aquí no es de mi agrado, pero ¿qué otra cosa podemos hacer? ¿Caer en su trampa y estar donde quiere que estemos? ¡No! ¡Erleen, es ahora cuando tenemos que demostrar lo fuertes que somos juntos! - Dijo casi en un grito de guerra.
- Tienes razón Adam, estoy totalmente de acuerdo contigo. Donde las dan, las toman y nosotros no somos fáciles. - Sonreí.
- Esa es mi chica. Tenemos que seguir demostrándole que hemos hecho una vida conjunta y que él no forma parte de ella. - Concluyó.
- ¿Sabes? Ahora me viene a la mente esa frase que escuche en algún blog, libro, diario, canción o donde sea que vi: "Tú eres fuerte. Yo soy fuerte. Juntos somos invencibles." - Fueron mis últimas palabras.

Continuará...

viernes, 18 de marzo de 2011

Un golpe de suerte. Duodécima parte.

12.

Tardamos un rato en entrar a la recepción del hotel, pero ahora mismo nos encontrábamos frente a la puerta de la habitación. Mi pulso se aceleró más todavía, ¡qué tontería ponerme así por esto! Pero da igual, mi parte racional estaba bloqueada en estos momentos, obtusa diría yo. Y en ese momento pasamos la tarjeta por el lector y un click, nos demostró que ya estaba abierta la cerradura. Si nuestros ojos se habían maravillado con el lugar donde se encontraba y con la decoración exterior, así como el tipo de edificio que era el hotel, ahora al verlo por dentro, a ver la suite que tenía, creíamos que se nos escapaba el aire de nuestros pulmones sin apenas darnos cuenta.

- Wow, es mejor de lo que podía haber imaginado, ¿no crees? – Dije recorriendo con la mirada, cada parte de la habitación.
- Creo que es insuperable, ¿no te parece? – Se quedó en silencio observándome desde el marco de la puerta.
- Es genial, Adam, en serio. Eres genial, nunca antes me había pasado esto, nunca había conseguido que todo me cuadrara tanto a la perfección como me pasa contigo. – Me giré para fijar mi mirada en la suya. – Dime, ¿qué tienes para dejarme con esta sensación? ¿Por qué nos atraemos tanto? ¿Por qué existe este campo magnético tan atrayente entre tu cuerpo y el mío?

Él no tenía palabras, tan sólo se quedó con la vista fija en mi cara. Daba un poco de pánico, verle así, sin decir nada, pero luego supe porque era. Un sonido a lo lejos era lo que quería que escuchara. Volví a girar sobre mí misma buscando el origen de ese sonido, entonces encontré el balcón que daba hacía un patio interior. Abrí la puerta lo más rápido que mis delgados dedos pudieron atinar y ahí estaba una gran cascada que desembocaba en un lago que tenían acondicionado a modo de piscina. Era totalmente un paraíso natural, con todas las comodidades que se podía tener y con un ambiente de tranquilidad y paz alejado del bullicio de la gran ciudad.

- Sin duda, necesitaba algo de esto para relajarme – Pensé en alto. – Últimamente tengo demasiada tensión en el cuerpo y no es algo que me agrade.
- Lo sé, precisamente te traje aquí, porque además de ser un sitio alejado, dan tratamientos anti-estrés y de relajación mediante cosas naturales como puedes comprobar con esta cascada.
- Me encanta que lo sepas, muchas gracias por tener este detalle conmigo – Contesté mientras me acercaba hasta él.
- Venga, ponte ropa cómoda tenemos sesión de masaje en… - Miró su reloj calculando – veinte minutos.
- Perfecto, me voy a cambiar pues. – Dije mientras me dirigía al baño.

Al cabo de unos minutos ya estábamos listos y dispuestos a bajar para tener nuestra primera sesión de relax, comencé a caminar hacía la puerta y justo cuando estaba apunto de abrirla, su mano se posó en la mía. Nos miramos durante un rato a los ojos y me dijo con voz suave y relajada:

- Espera, tengo algo que darte. – Sonrió. – Al cabo de unos segundos trajo algo entre las manos que no logré ver hasta que lo tenía pegado a mí – Toma, sé que son de tus favoritas.
- Pe…per…pero… ¿cómo lo sabías? – Pregunté con cara extrañada al ver entre sus manos flores de almendro. – Creo que nadie nunca lo ha sabido.
- Porque yo, al contrario que los demás, te escucho mientras duermes y créeme que dices muchas cosas – Me miró con cara pícara.
- ¿Cosas? ¿Cosas como qué? – Mi cara era más extrañada aún.
- Ah, lo siento, estate atenta cuando hablas en sueño y ahora vamonos que no podemos hacer esperar este masaje. – Respondió cambiando de tema, sabiendo que eso me molestaba más.
- Pero… - Quise retomar la conversación.
- Pero nada, vamonos – Contestó mientras me cogía de la mano para salir de la habitación.
Continuará...

sábado, 26 de febrero de 2011

Un golpe de suerte. Undécima parte.

11.

El teléfono comienza a sonar, poco a poco mis sentidos van cobrando mayor agudeza y me permiten abrir los ojos. Con un poco más de esfuerzo unos segundos después consigo incorporarme y llegar a coger el teléfono.

- ¿Sí? – Dije aún dormida.
- ¡Hola cielo! Soy yo, ¿seguías dormida? – Era su voz.
- ¡Hola cariño! Sí, lo siento, por tardar en cogerlo no me daba cuenta de que estaba sonando – Me justifiqué.
- No pasa nada, hoy tenía que venir solo yo a trabajar y quería darte una pequeña sorpresa para que te levantarás contenta. ¿Qué te parece si cuando salga de aquí te voy a buscar a casa y nos vamos a almorzar fuera? – Propuso.
- Me parece una idea genial. Lo mejor será que me vaya a la ducha enseguida entonces – Sonreí.
- ¡¡Genial!! Nos vemos dentro de dos horas – Prometió.
- Claro que sí, avísame cuando vayas a venir – Contesté.
- Vale. Ah, por cierto... mira dentro del armario, te he dejado un regalito que me gustaría que llevaras hoy, ya me contarás que te parece, ¿vale? – Dijo.
- ¿Un regalo? ¡Qué bien! Pues voy a la ducha para probármelo, nos vemos después. – Me apresuré a colgar.
- Oye… – Retrasó él.
- Dime.
- Te quiero princesa – Fue su respuesta.
- Y yo cariño mío – Fueron mis últimas palabras.

Más emocionada que nunca salté de la cama y corrí hasta el baño. Ya no me acordaba que unos minutos antes estaba completamente dormida y que había que despertarse. Me duché lo más apresurado que pude, y me empecé a secar el pelo, quería hacerme un peinado especial para este día, así que eso hice: me alisé el pelo, y me puse unas pequeñas ondas al final del mismo. Una vez concluida la peluquería me dirigí a mi armario y ahí estaba el regalo que me había dicho Adam: un precioso vestido corto de color violeta. Era sencillo pero muy bonito a la par que elegante, era una auténtica maravilla. Tras terminar de vestirme me volví hacia el baño para darme el único toque: el maquillaje.

Pasó el tiempo más rápido de lo que pensaba y enseguida comenzó a sonar de nuevo el teléfono. – Ese es él – pensé. Efectivamente, era él que estaba esperándome en la puerta de casa.

Bajé las escaleras como el primer día que nos conocimos, lo más apresurada posible, ya que los tacones que calzaba me impedían moverme con total agilidad, sin embargo, eso no importó para que tres segundos más tarde me encontrara en el portal recuperando el aire desde de la carrera. Después de haber cogido un poco de aliento y evitando que se notara mi respiración forzada salí a la calle en su encuentro.

- Sabía que te iba a quedar genial ese vestido, ¿te gusta? – Preguntó con una sonrisa encantadora.
- ¿Crees que sino me gustara lo llevaría puesto? – Hice otra pregunta.
- Puede que te lo pongas por compromiso porque te lo dije antes – Siguió sonriendo.
- No, nada de compromiso. Me gusta muchísimo y lo sabes perfectamente. – Sonreí yo también.
- Sí, lo que pasa es que a mí también me gusta que me lo diga. – Dijo guiñándome un ojo. – Anda sube que tenemos la reserva y no podemos llegar tarde.

Y no hizo falta más en unos segundos ya estábamos dirigiéndonos a nuestros lugar de destino. Ese que no sé ni cuál es, ni lo lejos que puede estar. Sin embargo, yo me dejaba llevar por él. Dejamos la bulliciosa ciudad y el barullo de la autopista y nos dirigimos a una zona que era cada vez más verde y más frondosa. Bajé las ventanillas del coche y empecé a respirar el aire puro que se colaba por ellas mientras no parábamos de reír y de hablar. Llegamos hasta un pequeño camino que dirigía hacía un sitio poco común.

- Espérame aquí – Me dijo y se bajó del coche. A los segundos apareció por mi lado y me abrió la puerta. Como era costumbre, llevaba una venda en la mano. – Ven sal, déjame ponerte esto.
- ¿Por qué siempre me haces lo mismo? – Resoplé.
- Porque entonces no sería una sorpresa – Pude ver su sonrisa antes de colocarme la venda.

Con un poco de dificultad me fue guiando por el camino de piedras que había:

- ¿Por qué no me avisaste? Es que no puedo caminar con estos tacones por aquí y me voy a matar lo estoy viendo – Dije con el tono algo alto.
- Pues espera que te llevo yo – Y en ese momento noté que mis pies se despegaban del suelo y que sus manos me rodeaban muy fuerte. Al cabo de unos minutos me soltó y volví a pisar tierra firme.
- Vale ahora puedes quitarte la venda – Dijo. En ese momento yo me quité la venda como pude. La vista era de una casa-hotel en medio de la naturaleza que era más que espectacular.
- ¡No sé dónde encuentras estos sitios siempre! ¡ES GENIAL! – Sonreí mientras me tiré a abrazarle. - ¿Sabes? Esto es como el cielo, es que es mágico.
- Pues, ¿sabes? Bienvenida a mi cielo. – Contestó.
Continuará...

sábado, 29 de enero de 2011

Y quizás algún día te traiga la luna.

Estaba al lado de ella. Hacía tiempo que sentía el corazón explotar cuando estaba a su lado, pero jamás me había atrevido a decirle nada. ¿Qué pensaría si alguien como yo le dijera que es lo mejor que me ha pasado y que no quiero separarme de su lado? Puede que me odiara, o puede que perdiera eso que tanto me ha costado conseguir. Me limito a sonreir y a escucharla atentamente. Pero mis ojos se pierden en su boca, en sus labios. Divago entre mis sueños de que un día, un remoto día, ojalá sea mía y esos labios también. Y voy poco a poco quitándole atención a sus palabras para analizarla entera. De arriba abajo, empezando por su cara, sus ojos, su boca, su nariz y paso a su pelo y mis ojos se desvian bajando la mirada hasta llegar a recoger todo su cuerpo en silencio, sin que ella se de cuenta. No se debe de notar nada, entonces algo me saca de mi fantasía:

- ¿Me estás escuchando? - Dijo con una sonrisa.
- Perdona, no. - Contesté sonrojado - Estaba pensando en mis cosas. ¿Podrías repetirme?
- Jajajaja claro, pero escúchame esta vez, ¿eh? Que sino no te lo cuento más. - Respondió mientras me enloquecía su forma de hablar, tan viva.- Te decía que me gusta mucho este lugar. Muchas gracias por haberme traído, no lo conocía. - Se giró hacia mí, haciendo agitar su pelo y embriagándome con su perfume.
- ¿Te gusta? Es mi sitio favorito desde siempre. - Hablé con una sonrisa que solo ella sabía sacarme.
- ¿Me gusta? No, eso es poco, me encanta - Dijo a la vez que daba vuelta con los brazos extendidos. Daba vida solo verla.
- Me alegro mucho - Contesté algo tímido.

Entonces decidió alejarse un poco de donde estábamos. Se acercó hasta un lugar un poco más allá donde había una barandilla que daba paso a la gran vista que había en frente. Todas las pequeñas luces que estaban en el valle, enmarcadas con el mar a la derecha y bañada por las estrellas de esa noche, además de una enorme luna en lo más alto del cielo. Una suave brisa hizo que se nos revolviera el pelo y que ella sintiera frío, eso me lo demostraba su piel erizada. Me fui acercando a ella poco a poco por detrás mientras seguía apoyada en la barandilla, de espaldas a mí. Me quité la chaqueta y se la pasé por los hombros. Entonces ella se giró y nos quedamos de frente, cara a cara. Creo que era la primera vez que nos encontrábamos tan cerca y otra vez iba a divagar en mis pensamientos cuando con voz suave me dijo:

- Mira la luna, ¿la ves? Siempre me ha encantado. - Dijo señalando con el dedo.
- Sí, es muy bonita, pero hay algo aquí que brilla aún más - Contesté y mientras lo estaba diciendo mi razón me golpeó haciéndome ver que me había equivocado con ese comentario...
- ¿Más brillante aún? ¿El qué? - Preguntó con esa mirada de niña inocente.
- Nada, da igual, déjalo son tonterias. - Me alejé un poco pensando en qué había hecho. ¿Cómo podía ser tan tonto? ¿Cómo había sido capaz de mandarlo todo al garete en un solo instante?
- No, espera, por favor, dímelo - Corrió tras de mí.
- De verdad, son tonterías que era mejor no haber ni contado. Me prometí hace mucho tiempo que no se lo contaría a nadie, que esto no saldría de mí, de mi cabeza, de mi corazón y de mi cuerpo, porque podría destruir todo lo que había construido. No te preocupes, que no es nada - Terminé sin aliento.
- ¿Tan malo es? Cuando dices algo y te echas para atrás me entra mucha curiosidad y ¿sabes? puedo llegar a ser muy cabezota si quiero. - Sonrió.
- Me gustas, me gustas desde el primer día que te vi. Pero sé que no te lo puedo decir, que no te lo puedo demostrar porque entonces ya nada sería lo mismo, tú no serías lo mismo conmigo y tengo miedo de perder esto que tenemos, esta sincronía y este sentimiento que nos une. Me prometí que no te lo contaría que me reprimiría que guardaría todo los deseos en mi interior para permanecer eternamente bien contigo. Porque no te quiero perder por nada del mundo. No te quiero perder a ti. Y ¿ves esa Luna? Quizas algún día te la traiga. Quizás algún día sea tuya... - Me rendí.
- No porque no lo diga o porque no lo demuestre no significa que lo sienta. Es más creo que, incluso, lo que yo siento hacia ti es más de lo que sientes tú hacía mí. Pero tampoco he sido capaz de hablar por miedo a romperlo todo. Pero tú eres la persona que más me conoce y sabes perfectamente por lo que estoy pasando y lo que he sufrido... Y nadie más lo sabe mejor que tú... Te quiero... - Confesó.
- Pero... ¿por qué yo? - Pregunté sin acabar de salir del asombro.
- Porque tú me viste cuando para los demás era invisible... - Terminó.

Fue una noche corta, pero intensa. Hablamos de todo lo que sentíamos, de todo lo que pensábamos del otro. De cada cosa que podíamos hacer, de los planes que podríamos crear. Y respiré, me contenté, porque esta no sería la única vez que estaría con ella así. Es más ésta es la primera de las tantas veces con ella.