sábado, 26 de febrero de 2011

Un golpe de suerte. Undécima parte.

11.

El teléfono comienza a sonar, poco a poco mis sentidos van cobrando mayor agudeza y me permiten abrir los ojos. Con un poco más de esfuerzo unos segundos después consigo incorporarme y llegar a coger el teléfono.

- ¿Sí? – Dije aún dormida.
- ¡Hola cielo! Soy yo, ¿seguías dormida? – Era su voz.
- ¡Hola cariño! Sí, lo siento, por tardar en cogerlo no me daba cuenta de que estaba sonando – Me justifiqué.
- No pasa nada, hoy tenía que venir solo yo a trabajar y quería darte una pequeña sorpresa para que te levantarás contenta. ¿Qué te parece si cuando salga de aquí te voy a buscar a casa y nos vamos a almorzar fuera? – Propuso.
- Me parece una idea genial. Lo mejor será que me vaya a la ducha enseguida entonces – Sonreí.
- ¡¡Genial!! Nos vemos dentro de dos horas – Prometió.
- Claro que sí, avísame cuando vayas a venir – Contesté.
- Vale. Ah, por cierto... mira dentro del armario, te he dejado un regalito que me gustaría que llevaras hoy, ya me contarás que te parece, ¿vale? – Dijo.
- ¿Un regalo? ¡Qué bien! Pues voy a la ducha para probármelo, nos vemos después. – Me apresuré a colgar.
- Oye… – Retrasó él.
- Dime.
- Te quiero princesa – Fue su respuesta.
- Y yo cariño mío – Fueron mis últimas palabras.

Más emocionada que nunca salté de la cama y corrí hasta el baño. Ya no me acordaba que unos minutos antes estaba completamente dormida y que había que despertarse. Me duché lo más apresurado que pude, y me empecé a secar el pelo, quería hacerme un peinado especial para este día, así que eso hice: me alisé el pelo, y me puse unas pequeñas ondas al final del mismo. Una vez concluida la peluquería me dirigí a mi armario y ahí estaba el regalo que me había dicho Adam: un precioso vestido corto de color violeta. Era sencillo pero muy bonito a la par que elegante, era una auténtica maravilla. Tras terminar de vestirme me volví hacia el baño para darme el único toque: el maquillaje.

Pasó el tiempo más rápido de lo que pensaba y enseguida comenzó a sonar de nuevo el teléfono. – Ese es él – pensé. Efectivamente, era él que estaba esperándome en la puerta de casa.

Bajé las escaleras como el primer día que nos conocimos, lo más apresurada posible, ya que los tacones que calzaba me impedían moverme con total agilidad, sin embargo, eso no importó para que tres segundos más tarde me encontrara en el portal recuperando el aire desde de la carrera. Después de haber cogido un poco de aliento y evitando que se notara mi respiración forzada salí a la calle en su encuentro.

- Sabía que te iba a quedar genial ese vestido, ¿te gusta? – Preguntó con una sonrisa encantadora.
- ¿Crees que sino me gustara lo llevaría puesto? – Hice otra pregunta.
- Puede que te lo pongas por compromiso porque te lo dije antes – Siguió sonriendo.
- No, nada de compromiso. Me gusta muchísimo y lo sabes perfectamente. – Sonreí yo también.
- Sí, lo que pasa es que a mí también me gusta que me lo diga. – Dijo guiñándome un ojo. – Anda sube que tenemos la reserva y no podemos llegar tarde.

Y no hizo falta más en unos segundos ya estábamos dirigiéndonos a nuestros lugar de destino. Ese que no sé ni cuál es, ni lo lejos que puede estar. Sin embargo, yo me dejaba llevar por él. Dejamos la bulliciosa ciudad y el barullo de la autopista y nos dirigimos a una zona que era cada vez más verde y más frondosa. Bajé las ventanillas del coche y empecé a respirar el aire puro que se colaba por ellas mientras no parábamos de reír y de hablar. Llegamos hasta un pequeño camino que dirigía hacía un sitio poco común.

- Espérame aquí – Me dijo y se bajó del coche. A los segundos apareció por mi lado y me abrió la puerta. Como era costumbre, llevaba una venda en la mano. – Ven sal, déjame ponerte esto.
- ¿Por qué siempre me haces lo mismo? – Resoplé.
- Porque entonces no sería una sorpresa – Pude ver su sonrisa antes de colocarme la venda.

Con un poco de dificultad me fue guiando por el camino de piedras que había:

- ¿Por qué no me avisaste? Es que no puedo caminar con estos tacones por aquí y me voy a matar lo estoy viendo – Dije con el tono algo alto.
- Pues espera que te llevo yo – Y en ese momento noté que mis pies se despegaban del suelo y que sus manos me rodeaban muy fuerte. Al cabo de unos minutos me soltó y volví a pisar tierra firme.
- Vale ahora puedes quitarte la venda – Dijo. En ese momento yo me quité la venda como pude. La vista era de una casa-hotel en medio de la naturaleza que era más que espectacular.
- ¡No sé dónde encuentras estos sitios siempre! ¡ES GENIAL! – Sonreí mientras me tiré a abrazarle. - ¿Sabes? Esto es como el cielo, es que es mágico.
- Pues, ¿sabes? Bienvenida a mi cielo. – Contestó.
Continuará...

sábado, 29 de enero de 2011

Y quizás algún día te traiga la luna.

Estaba al lado de ella. Hacía tiempo que sentía el corazón explotar cuando estaba a su lado, pero jamás me había atrevido a decirle nada. ¿Qué pensaría si alguien como yo le dijera que es lo mejor que me ha pasado y que no quiero separarme de su lado? Puede que me odiara, o puede que perdiera eso que tanto me ha costado conseguir. Me limito a sonreir y a escucharla atentamente. Pero mis ojos se pierden en su boca, en sus labios. Divago entre mis sueños de que un día, un remoto día, ojalá sea mía y esos labios también. Y voy poco a poco quitándole atención a sus palabras para analizarla entera. De arriba abajo, empezando por su cara, sus ojos, su boca, su nariz y paso a su pelo y mis ojos se desvian bajando la mirada hasta llegar a recoger todo su cuerpo en silencio, sin que ella se de cuenta. No se debe de notar nada, entonces algo me saca de mi fantasía:

- ¿Me estás escuchando? - Dijo con una sonrisa.
- Perdona, no. - Contesté sonrojado - Estaba pensando en mis cosas. ¿Podrías repetirme?
- Jajajaja claro, pero escúchame esta vez, ¿eh? Que sino no te lo cuento más. - Respondió mientras me enloquecía su forma de hablar, tan viva.- Te decía que me gusta mucho este lugar. Muchas gracias por haberme traído, no lo conocía. - Se giró hacia mí, haciendo agitar su pelo y embriagándome con su perfume.
- ¿Te gusta? Es mi sitio favorito desde siempre. - Hablé con una sonrisa que solo ella sabía sacarme.
- ¿Me gusta? No, eso es poco, me encanta - Dijo a la vez que daba vuelta con los brazos extendidos. Daba vida solo verla.
- Me alegro mucho - Contesté algo tímido.

Entonces decidió alejarse un poco de donde estábamos. Se acercó hasta un lugar un poco más allá donde había una barandilla que daba paso a la gran vista que había en frente. Todas las pequeñas luces que estaban en el valle, enmarcadas con el mar a la derecha y bañada por las estrellas de esa noche, además de una enorme luna en lo más alto del cielo. Una suave brisa hizo que se nos revolviera el pelo y que ella sintiera frío, eso me lo demostraba su piel erizada. Me fui acercando a ella poco a poco por detrás mientras seguía apoyada en la barandilla, de espaldas a mí. Me quité la chaqueta y se la pasé por los hombros. Entonces ella se giró y nos quedamos de frente, cara a cara. Creo que era la primera vez que nos encontrábamos tan cerca y otra vez iba a divagar en mis pensamientos cuando con voz suave me dijo:

- Mira la luna, ¿la ves? Siempre me ha encantado. - Dijo señalando con el dedo.
- Sí, es muy bonita, pero hay algo aquí que brilla aún más - Contesté y mientras lo estaba diciendo mi razón me golpeó haciéndome ver que me había equivocado con ese comentario...
- ¿Más brillante aún? ¿El qué? - Preguntó con esa mirada de niña inocente.
- Nada, da igual, déjalo son tonterias. - Me alejé un poco pensando en qué había hecho. ¿Cómo podía ser tan tonto? ¿Cómo había sido capaz de mandarlo todo al garete en un solo instante?
- No, espera, por favor, dímelo - Corrió tras de mí.
- De verdad, son tonterías que era mejor no haber ni contado. Me prometí hace mucho tiempo que no se lo contaría a nadie, que esto no saldría de mí, de mi cabeza, de mi corazón y de mi cuerpo, porque podría destruir todo lo que había construido. No te preocupes, que no es nada - Terminé sin aliento.
- ¿Tan malo es? Cuando dices algo y te echas para atrás me entra mucha curiosidad y ¿sabes? puedo llegar a ser muy cabezota si quiero. - Sonrió.
- Me gustas, me gustas desde el primer día que te vi. Pero sé que no te lo puedo decir, que no te lo puedo demostrar porque entonces ya nada sería lo mismo, tú no serías lo mismo conmigo y tengo miedo de perder esto que tenemos, esta sincronía y este sentimiento que nos une. Me prometí que no te lo contaría que me reprimiría que guardaría todo los deseos en mi interior para permanecer eternamente bien contigo. Porque no te quiero perder por nada del mundo. No te quiero perder a ti. Y ¿ves esa Luna? Quizas algún día te la traiga. Quizás algún día sea tuya... - Me rendí.
- No porque no lo diga o porque no lo demuestre no significa que lo sienta. Es más creo que, incluso, lo que yo siento hacia ti es más de lo que sientes tú hacía mí. Pero tampoco he sido capaz de hablar por miedo a romperlo todo. Pero tú eres la persona que más me conoce y sabes perfectamente por lo que estoy pasando y lo que he sufrido... Y nadie más lo sabe mejor que tú... Te quiero... - Confesó.
- Pero... ¿por qué yo? - Pregunté sin acabar de salir del asombro.
- Porque tú me viste cuando para los demás era invisible... - Terminó.

Fue una noche corta, pero intensa. Hablamos de todo lo que sentíamos, de todo lo que pensábamos del otro. De cada cosa que podíamos hacer, de los planes que podríamos crear. Y respiré, me contenté, porque esta no sería la única vez que estaría con ella así. Es más ésta es la primera de las tantas veces con ella.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Un golpe de suerte. Décima parte.

10.
Despertarse de nuevo, esta vez metida entre las sábanas, sin embargo, no recuerdo muy bien porqué acabé aquí, lo único que recordaba de ese día era que estaba con Adam en la terraza viendo el maravilloso amanecer. Ahora, por el contrario, me encontraba en mi habitación, algo oscura ya que las persianas están cerradas, tapada con la manta y sin él. Creo que de toda la situación, ese gran detalle es el que marcaba la diferencia y el que me perturbaba por dentro. Conseguí desperezarme y busqué por toda la habitación algún indicio de que su presencia estuviera cerca, pero nada, vacío y silencio. Comencé a angustiarme, porque no sabía muy bien dónde podría haber ido, Me dirigí hasta el baño en su busca, pero, tampoco conseguí sacarme de dudas. Es más, ahora mismo tenía más los nervios a flor de piel.

Ya como única solución se me ocurrió la vía fácil y uno de los grandes inventos de la nueva era: el móvil. Rebusqué entre mi bolso y entre mis pertenencias en su búsqueda hasta que por fin lo encontré. Seguidamente, me puse a buscar su número en la agenda telefónica, pero… nada, vacío, no había ninguna señal de su nombre, ningún contacto que se llamara Adam, nada que pudiera sacarme de dudas y sobretodo, conseguir calmarme.

A lo mejor ha ido a su apartamento en busca de algo. Me puse lo primero que encontré por la habitación y salí muy rápidamente escaleras arribas en su búsqueda. Ya una vez por fuera de la puerta llamé al timbre que había a un lado. Me abrió una chica con el pelo oscuro y un poco largo, con fleco hacia un lado que me observaba de arriba abajo con una cara extrañada.

- Perdón… eh… ¿Quién eres tú? – Le pregunté más extrañada si cabe.
- Perdona, más bien será, quién eres tú o a quién buscas… - Me dijo con un tono un poco molesto.
- Busco a Adam. – Expuse rápidamente.
- Ah, sí, espera, ahora sale. – Contestó con pocas ganas.

A los minutos su cuerpo se asomó por la puerta y me miró también algo extrañado:

- Hola, soy Adam, ¿qué desea? – Quiso saber.
- Adam, soy yo Erleen, ¿cómo que qué desea? – Reaccioné ya impulsivamente.
- Perdón, creo que se ha confundido de persona, yo a usted no la conozco de nada señorita. – Contestó cerrando la puerta sin dejarme decir nada más.

Desesperada me dirigí hasta mi apartamento y me metí en la cama a llorar. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué había ocurrido para que de un momento a otro la persona que amaba, o más bien, que amo ya no se acuerde de mí? ¿Qué ha ocurrido para que todo me vaya mal? ¿Y qué ha ocurrido para que él haya vuelto con ella, con esa que tan solo le ha hecho daño?

Con este pensamiento me desperté bañada en lágrimas en mi cama. Todo había sido una odiosa pesadilla. Me encontraba en la misma situación: en mi habitación, tumbada en la cama y tenía las persianas bajadas, sin embargo, el gran detalle que no aparecía en mi sueño, o, más bien, en mi pesadilla, era que él estaba ahí a mí lado, junto a mí, entonces respiré tranquilamente.
Continuará...

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Un golpe de suerte. Novena parte.

9.

Nuevas experiencias pero, además, nuevas sensaciones y nuevos deseos. Ya eran las cuatro de la madrugada y decidimos quedarnos ahí, en la terraza tumbados en la misma hamaca, acurrucados uno al lado del otro, protegidos del frío por la manta que anteriormente nos había acompañado en el sofá.

- ¿En qué estás pensando ahora mismo, cielo? – Me preguntó rompiendo el silencio.
- Pues… la verdad, que si te soy sincera no pensaba en nada, tan sólo me fijaba en las estrellas y en la luna, como poco a poco se desplaza para ponerse y pensando en que dentro de unas horas el sol saldrá por ahí – Contesté señalando hacia el horizonte.
- ¿Solo piensas en eso? – Me dijo un poco dubitativo.
- ¿Por qué tendría que estar pensando en algo más? ¿Qué te hace pensar eso? – Pregunté yo.
- No sé, te noto muy callada después de lo que acaba de pasar, y no sé, puede que no te haya gustado, puede que hayas creído que íbamos demasiado deprisa, puede que… - No le dejé continuar e interrumpí sus palabras con un beso. Un beso largo, parecido a los que nos dimos hace rato, sin embargo, este era más lento, más suave, más delicado.
- ¿Responde eso a lo de que si me ha gustado o no? No sé porqué te has planteado, aunque sea mínimamente que no me ha gustado, creo que he demostrado lo contrario, pero bueno, si así te queda más claro… – Respondí con una sonrisa.
- Sí, ahora está todo mucho más claro. – Contestó también con una sonrisa.
- Ahora bien, ¿en qué piensas tú? Siempre me andas preguntando qué pasa por mi mente, pero en realidad me gustaría saber qué pasa por la tuya. – Pregunté muy decidida.
- Pues… la verdad, que si te soy sincero no pensaba en nada tan sólo… - Otra interrupción por mi parte.
- No vale copiarme, no vale decir lo mismo que yo, ahora quiero que realmente digas, de verdad y con sinceridad en qué piensas, porque sé que lo haces, porque te conozco, porque lo sé todo de ti y sé cómo eres, para tu desgracia o para tu fortuna… - Le expliqué.
- Wow, creo que alguien está molesta – Dijo con musicalidad.
- No, no estoy molesta, tan solo era porque quería saber que era lo que rondaba por tu mente, ¿tan malo es? – Pregunté mientras le miraba fijamente a los ojos.
- Ains, Erleen, tú y tu forma de persuadirme… En realidad, sí, pensaba en que nunca había sentido nada igual, pensaba en que es genial esto que me haces sentir, y que es genial lo que acaba de ocurrir entre nosotros. Nunca antes había disfrutado tanto hablando o simplemente estando con la gente. Estaba pensando, o más bien, recordando, todo lo que hemos pasado, todo lo que hemos vivido, todo lo que es nuestra historia, nuestra burbuja y nuestra esfera perfecta, y la cual no quiero que nadie la rompa. – Contestó muy decido, tanto que hasta me dejó un poco asombrada.
- Wow, ¿ves? No era tan difícil – Le dije sonriendo para molestarle un poco. – Es broma, me has dejado sin palabras la verdad, pero eso no es de extrañar, ya lo has conseguido muchas veces. Quedará un tanto repetitivo, e incluso, algo extraño después de que tú mismo me hayas dicho todas estas palabras tan maravillosas para mis oídos, pero yo también he estado pensando mucho hoy en todo lo que hemos construido en todo lo que hemos hablado y todo lo que hemos pasado. La verdad que cada momento ha sido único, y sin duda siempre hay un día mejor que el anterior pero peor que el que vendrá, contigo se cumple eso. Puede que te resulte raro que te lo diga ahora, y que no te lo suela demostrar muchas veces, pero sé que te quiero y sé que te quiero a ti y me cuesta muchísimo hacer grandes demostraciones porque me han hecho daño, mucho daño y es la forma que tengo de protegerme. Sí, lo sé, sé lo que piensas “¡pues vaya asco!” Sí, lo sé es un asco porque yo te quiero y yo soy muy demostrativa pero… siento que no puedo. – Me sinceré yo.
- Wow, ahora eres tú quién me dejas sin palabras, ha sido genial eso que has dicho. Eres genial tú. – Me dijo mientras me daba un beso suave en la frente.

Y poco a poco las horas fueron pasando casi sin darnos cuenta nos mantuvimos en un silencio tranquilizador, acompañado de la brisa del mar que ayudaba a refrescarnos los pensamientos. Pasaron tantas horas que al final conseguimos ver lo que yo había anunciado hacia un tiempo: el amanecer. Sin lugar a dudas ver un amanecer es lo más bonito que puedes hacer, además, con estas maravillosas vistas, sin embargo, si a esto le sumamos un plus, un pequeño “más” ya puede tornar a ser perfecto y algo único. Ya si lo observas con la persona a la que amas, como es mi caso, ya deseas que el tiempo se pare y que puedes disfrutar mucho más esos escasos minutos que tarda en salir el Lorenzo.


Continuará.


---------------------------------------------------------------

Horrible, lo he dejado todo tirado, lo siento de verdad, espero que les guste este nuevo capítulo, un beso a todos los que leen :)

jueves, 7 de octubre de 2010

Un golpe de suerte. Octava parte.

8.

Me desperté en medio de una intensa luz azul, poco a poco, conseguí que mis ojos se acostumbraran a ella y, por fin, pude ver todo con mayor nitidez: La película había terminado, nosotros en el sofá con la manta algo caída por los suelos, muy abrazados para darnos calor y unos restos de comida por la mesa de centro, aparte de las bebidas que había tomado esa noche. Poco a poco me fui levantando, muy lentamente para no despertarle, recogí un poco la mesa, le tapé perfectamente para que tuviera calor y apagué la televisión.

Me dirigí a la cocina a dejar las cosas, de paso pude observar la hora que era, gracias al reloj del microondas: 2:00 am. ¡Madre mía! ¿Todavía son las dos? No tenía sueño y me dolía muchísimo la cabeza, así que decidí ir hacia la terraza y coger un poco de fresco nocturno, para ver si de esa forma mi cefalea iba en descenso. Me apoyé en la barandilla del balcón y contemplé la hermosa vista que tenía delante. Pocas casas y poca luz; vivimos en un sitio apartado y tranquilo, pero siempre y ante todo de cara al mar. La brisa marina siempre ha conseguido relajarme desde mi niñez, y en mi adolescencia formó una parte vital en mí: esos largos paseos en la playa para olvidar cosas pasadas. Además, debido a la poca contaminación lumínica que nos rodea, podemos disfrutar de una maravillosa panorámica de estrellas, con sus luces más o menos intensas, y alguna que otra estrella fugaz, y, como no, una enorme y hermosa luna en todo lo alto.

Y mientras miraba detenidamente todo el paisaje que tenía frente a mí y absorta con esos pensamientos, algo me sacó de mi ensueño, algo que no me asustó en absoluto, es más, que lo necesitaba: sus brazos poco a poco rodeando por la cintura y permitiéndole colocarse detrás de mí, siempre, desde que era tan sólo era una cría que comenzaba a tener novios le ha encantado esa muestra de cariño, es una de las mejores sensaciones que he tenido jamás. Por un lado, de delicadeza y de sentimiento y, por otro, de protección, esa que sólo él consigue garantizarme.

- ¿Estás bien, princesa? Te noto algo extraña desde que salimos en el hospital – Quiso indagar entre mis pensamientos.
- La verdad que no sé exactamente como estoy, sin contar con el dolor de cabeza tengo una sensación extraña y si lo contamos pues… obviamente que me encuentro mal, esto cada vez me está agobiando más, ¿por qué no paro de tener estos dolores? De verdad, no lo entiendo… – Contesté con total sinceridad.
- Ya… me imagino, eso de ver a James no te ha sentado muy bien, me imagino, ¿no? Pero no te preocupes, es normal, aunque bueno, ahora me tienes a mí ¿Para qué quieres más? – Me dijo mientras me sonreía.
- Claro que sí, no quiero, pero sobretodo, no necesito nada más, contigo estoy más que saciada – Respondí yo también con una sonrisa.

Entonces me besó en el cuello, un escalofrío me invadió todo el cuerpo y eso se notó notablemente en mi piel, roté sobre mí misma hasta estar de frente a él. Sus manos poco a poco se fueron despegando de mi cuerpo para apoyarlas en la barandilla y dejarme, de esta forma, atrapada entre sus brazos. Estuvimos unos segundos mirándonos a los ojos pero ninguno de los dos dijo nada. Parecía que nuestras miradas eran más fuertes y más valiosas que todas las palabras del mundo, parecía que con mirarnos ya podíamos hablar perfectamente, parecía que inconscientemente ya estábamos entablando una conversación. Y entonces, como si de una película se tratara, me besó, sin duda, desde que apareció en mi vida, mi vida se ha convertido en una correlación de escenas de películas unidas. Sus besos siempre tiernos, siempre suaves, ahora han tornado a besos con más lujuria y pasión. Besos cada más rápidos pero, a la vez, más profundos, que hacía que se nos entrecortara la respiración. Mis manos comenzaron a recorrer su cuello y a enredarse en su pelo hasta que noté que mis piernas estaban flotando en el aire, que no estaban sujetas al suelo; Adam me había cogido como si de una niña se tratara: con mis piernas rodeándole la cintura. Y así, de esa forma, consiguió llevarme hasta las hamacas que habíamos comprado recientemente para esa misma terraza en la que ahora nos encontrábamos.

Nos hallábamos tumbados besándonos acaloradamente, como jamás lo habíamos hecho, como nunca me lo hubiera imaginado. Sus manos comenzaron a explotar sitios que nunca antes había parado en rebuscar, como si esto se tratara de una nueva aventura para aquél que le gusta recorrer montañas y bosques ocultos o poco conocidos. Sin duda era una experiencia nueva para ambos; era como investigar lentamente todas las curvas y todas las conformaciones de nuestros cuerpos, hasta que llegamos a conocer todo del otro.

Continuará...