miércoles, 7 de julio de 2010

Encuentro inesperado.

Era noche cerrada, noche de un caluroso verano. El reloj marcaba las dos de la madrugada, sin embargo yo estaba tan despierta como si fueran las doce del mediodía.

Era una noche típica, como otra cualquiera. Yo, sobre mi cama intentando conciliar el suelo. ¿La única pega? Que estaba sola. Cuando se tiene a esa persona importante a tu lado, cerca tuyo, parece que te dejas dormir más rápido por la seguridad que te brinda su compañía. Sin embargo, ahí estaba yo, desvelada y dando vueltas entre las sábanas.

Sí, sin duda, era una noche cualquiera. No, en realidad, no. Algo iba a suceder, algo iba a cambiar y hacer que fuera totalmente diferente y única.

Un ruido se va colando entre mis ventanas hasta que soy capaz de poder percibirlo con total claridad. Un sonido que cada vez me es más familiar. El sonido de ese motor que ruge como si de un tigre se tratara. En seguida, dí un salto de la cama y salí al balcón. Efecticamente, no me equivocaba, ahí estaba tu coche. Ahí estabas tú, apoyado en el lateral de tu Escarabajo mirando hacia arriba haciendo que nuestras miradas se cruzaran. Esa mirada que logró conquistarme tiempo atrás.

Cogí lo primero que alcancé a ver, me lo puse lo más rápidamente posible. Salí sin hacer ruido de casa, bajé las escaleras de la forma más apresurada que conozco, me dirigí a la calle y eché a correr a tu encuentro. Me cogiste al vuelo mientras estábamos abrazados.

- ¿Y esto? ¿Qué haces aquí? - Pregunté algo extrañada y extasiada de la carrera.
- Vine a recogerte porque no podía esperar a mañana para volver a verte. Además, tampoco podía dormirme, no sé porqué, pero no podía, así que decidí coger el coche y pasar a buscarte. - Me contestó con detalle.
- Yo tampoco he podido dormir. Es genial que hayas venido. ¿Adonde vamos? - Quise saber.

- Eso lo sabrás más tarde. - Dijo mientras me tapaba los ojos con una venda.

Nos subimos al coche, rumbo a ese lugar tan misterioso. Sin embargo, el trayecto se hizo ameno ya que de su reproductor de música iban apareciendo canciones muy significativas para nosotros.

Tras un largo rato, que a mí se me hizo eterno, el coche se paró, ya no había ningún ruido, aunque de fondo sonaba algo que no lograba captar muy bien. Con dificultad me ayudó a bajar del coche y me indicó donde debía de esperar. Entonces fue cuando me quitó la venda. Debajo de nosotros unas escaleras que dirigían a una playa, una de mis playas favoritas.

- Aquí nos quedaremos un rato, quiero ver cómo amenece a tu lado. He preparado algo ahí abajo, en la arena, para que podamos dormir si lo deseas. - Me indicó.
- Me parece totalmente perfecto. - Su mano alcanzó la mía y juntos nos dirigimos hacia las cosas.

Pasaron las horas y tras echar una larga, pero a la vez corta, cabezada me comienzo a despertar entre el rúgido de las olas y entre los pequeños besos que me daba.

- ¡Buenos días princesa! Ya comienza a amanecer. ¿Lo ves? ¿No te parece genial? Hoy ha sido una gran noche, he podido ver cómo dormías, que, por cierto, ha sido un placer, totalmente un placer, mirarte mientras lo hacías y ahora estamos viendo este pedazo de amanecer juntos. Creo que jamás había visto uno tan bonito. - Me susurró al oído mientras yo le sonreía.
- ¡Buenos días cielo! Lo siento muchísimo, me quedé dormida y no me di ni cuenta, estábamos hablando y caí rendida. - Me disculpé.
- No te preocupes cielo, no veas lo que he disfrutado verte dormir, en serio, no tengas problema ninguno. Ahora tan sólo observa este amanecer. No digas nada más. - Y mientras decía esto me besó para sellar lo dicho.

Y tras ese gran amanecer que pudimos captar con nuestros propios ojos, nos fuimos, volviendo cada uno a nuestra casa, de forma disimulada para que no se notara nuestra ausencia nocturna.

Sin duda, lo que empezó como una noche cualquier, acabó siendo una de las mejores noches habidas y por haber.

lunes, 28 de junio de 2010

La historia de nuestro amor.

Nueva tarde. Otra de nuestras tardes juntos. Sin prisas, sin agobios, sin nada que nos importe más que el momento en el que vivimos ahora. Un parque, sí, como la última vez, pero no es el mismo, es otro. Está en un lugar mucho más alejado del anterior, pero igualmente hermoso. Todos los sitios son así si tú apareces en ellos. Como si de un sueño se tratara.

Preparar la cámara, uno de nuestros hobbies que cada día roza más allá de la afición. Me preparo, me pongo mis puntas de ballet. Esas que me compré especialmente para sacar fotos. Me das un par de indicaciones y empieza lo que llamamos sesión. Sin embargo, no con mucho ánimo, decidimos tumbarnos sobre el césped. Como solemos hacer siempre.

- ¿Sabes? No sé qué haces pero me encanta. – Me dijo.
- No sé a que te refieres la verdad, ¿qué se supone que hago? – Pregunté un poco extrañada.
- Si te soy sincero, ni yo mismo sé qué haces, como ya te dije antes, pero tu forma de ser, tu forma de ser conmigo, me tiene enamorado. Sin duda, nunca pensé en llegar a esto. – Sonríe.
- Pues no sé qué decirte la verdad, mi forma de ser nunca ha estado al agrado de todos, o por lo menos de la mayoría de las personas que me importaban o importan, porque soy demasiado impulsiva y puedo decir cosas que hacen daño sin darme cuenta. Además, que hay gente que aguanta más y otras menos y, por lo general, siempre han aguantado menos. – Me reí.
- La verdad, es que no me lo puedo llegar a creer. Hace unos meses veía tus fotos y pensaba en que eras preciosa, pero ya, después, el día que nos vimos… fue un día increíble. Es más, no te hacía así. – Me respondió.
- ¿No me hacías así, cómo? ¿Así de fea? Sí, las fotos favorecen más, en realidad se pierde. – Dije mientras sonreía.
- Jajajajaja, no seas idiota. Me refería a que te hacía más bajita. No sé en la fotos no parecías tan alta, de ahí que siempre te llamará enana, aunque aún así, aunque seas alta y tengas un año más, sigo llamándote enana. – Consiguió decir entre risas.
- Ya te dije que no era ninguna enana. – Dije, fingiendo estar molesta.
- Venga, va, no te pongas así, que tú sabes que son bromitas – Contestó con esa sonrisa que sólo él sabe poner.

Le sonreí. Me sonrío. Me acerqué más a él, reduciendo el poco espacio que quedaba entre nuestros cuerpos para así poderme sentir más protegida. A salvo de cualquiera que pueda acceder a esto. Pero no. Eso es imposible. Hemos creado una esfera, como pocas existentes. Una esfera capaz de protegernos a él y a mí. Ante los posibles peligros y ante cualquier tipo de bache. Siempre estamos ahí. Siempre conseguimos salvarlo.

No sé porqué, pero me sentía volar, me sentía como si estuviera en una nube. Algo extraño puesto que el césped en el que nos encontrábamos no estaba del todo cuidado. Pero había algo que hacía que me sintiera muy lejos, sí, muy muy lejos. Como en ese libros, sí, ese en el que decía que era capaz de estar a “tres metros sobre el cielo”. Me sentía como los protagonistas de esa novela que tanto me fascinó.

Entre risas y bromas. Entre conversaciones más serias, nos vamos conociendo poco a poco, cada vez más, hasta el punto de llegar a tener una conexión tal que somos capaces de hasta leernos los pensamientos. Y no es muy común que pase. Además, nunca he sido de las que creen en las casualidades, como escuché una vez en una serie cuando era pequeña: “No existen las casualidades sólo existe lo inevitable”. Y sí, creo en eso. Tampoco creo en el destino, pero ¿y si estamos aquí por alguna razón en especial? ¿Si estamos realmente destinados? Entonces se dio cuenta. Y se quedó fijamente mirándome. Sabe perfectamente que cuando hace eso me pone muy nerviosa:

- ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? – Le pregunté, intentando salir de dudas.
- No sé, dímelo tú, te notaba algo… pensativa, ¿me equivoco? – Preguntó, aunque en el fondo sabe perfectamente que tenía razón.
- Pues sí, pensaba que aunque no crea en el destino ni en las casualidades puede que lo de estar juntos signifique algo. Me refiero a que puede que tenga una razón concreta. Que haya un trasfondo en todo esto, pero no sé exactamente cuál, y estaba buscando una solución a ese "problema", pero bueno, ¿sabes? No me importa. Esto va bien, seguimos bien, no hemos tenido peleas, nos conocemos muy bien y sabemos perfectamente lo que nos gusta y lo que no, además, pocas personas llegan a conocerme de verdad y tú creo que me conoces bastante. Aunque para tu desgracia te queda mucho por conocer. – Le expliqué con detalle lo que pensaba.
- Pues ¿sabes? Yo en el fondo lo siento por ti. Sí, no me mires con esa cara. Lo siento, porque tienes que aguantar a un pesado como yo. – Me dijo.
- ¿Sabes lo que te digo? Es un sacrificio que estoy dispuesta a hacer. – Le contesté mientras le sonreía.

Entonces ahí se acabó nuestra jornada. No, sin antes darme un beso, tras la eminente declaración de amor que le acababa de demostrar con esa simple frase final. Corta, pero intensa, cargada de significado. Y como siempre, llegó la hora de marcharnos, la hora de volver a casa para pasar un día más en el que podamos regresar y contar nuestra historia al día siguiente, una vez más. Para volver a escribir en hojas en blanco la historia de nuestra vida. La historia de nuestro amor.

domingo, 6 de junio de 2010

Observar las formas de las nubes.

Otra noche más. Una noche cualquiera, ¿a quién le interesa más detalles? Vale, diré algo más, una noche de Junio, se respiraba ya el ambiente a verano, a vacaciones, a libertad.
Otra vez esa playa. La playa de nuestras fantasías. Nuestra más fiel compañera de juegos y de carcajadas. Ella y nosotros.
No era un gran día, no hacía un gran tiempo. Estaba todo nublado y un poco gris, sin embargo, nosotros parecíamos pintarlos con los colores más bellos que teníamos en nuestras paletas de pintores.
La arena, negra y caliente, se comportaba como nuestra cama. Nuestra confortable cama en la que nos acomodábamos para observar el cielo. Ese cielo lleno de nubles pero que de pronto, aparecía un rayo de sol tímido. Uno de los últimos que ya quedaban en el cielo.

- Vamos a observar las formas de las nubes. - Propuso.
- ¿Qué formas? Está todo tan nublado que ni siquiera se puede ver una mínima forma ahí arriba. - Rebatí la propuesta.
- Pero mira, ¿ves eso? - Preguntó.
- No, ya te he dicho que no veo nada. - Contesté.
- Bah, mira, fíjate es un dragón y mira ahí hay otro. ¿No ves ese flotador de ahí? - Dijo, mientras sus dedos dibujaban formas imaginarias.
- Pero ¿qué estás diciendo? Yo no veo nada. - Comenté.

Y él seguía y seguía buscándole formas a las nubes, a esas nubes que no tenían forma pero que gracias a su imaginación, como si de un niño pequeño se tratase, dibujaba con sus dedos. Cada vez formas más peliculiares, formas totalmente disparatadas y locas que hacían que no pudiera parar de reír. Eso me gustaba. Reír.

- ¿Te has dado cuenta de que esta playa está desierta? - Indagó entre mis pensamientos.
- Sí, me había fijado hace un rato, es raro verla así. - Dije.
- ¿Sabes? Esto no lo había hecho con nadie antes. - Contestó mientras su mirada se fijaba en mí.
- ¿El qué exactamente? - Le miré yo también.
- Estar en la playa, a esta hora, acostado en la arena como si se tratase de otra cosa, mirando al cielo que a decir verdad no está muy bonito hoy, pero ¿para qué quiero ver el cielo teniendo a una estrella a mi lado? - Preguntó.
- Es verdad, odias la arena - Sonreí. - En cuanto a lo que soy una estrella, creo que te he cegado demasiado y ya no distingues entre lo normal y lo bello. Soy normal, muy normal. - Contesté.
- No eres solo normal, eres única, jamás había conocido a alguien así. Eres princesa. Princesa de mi reino. - Sonrió de nuevo.

En ese instante no me pude resistir a esas palabras que había pronunciado. Concretamente a esa palabra que tanto me encantaba. La única que consigue hacerme derretir por completo. Le besé. Le besé como si nunca lo hubiera hecho. Con ternura, con delicadeza, pero también con pasión. Con mucha pasión. Nos fuimos abandonando, escuchando sólo nuestra respiración, entrecortada por los besos que nos estábamos brindando, y, también, el mar. El rugir de las olas, el sonido que producen al romper.

- Eres increíble. - Le dije.
- Ya, claro, a ratos. - Respondió.
- ¿Por qué nunca me crees? - Pregunté un tanto molesta.
- Por qué se lo que sientes. - Afirmó.
- Dudo mucho que lo sepas, porque es mucho más de lo que cabes a imaginar. Tengo miedo de cada paso que doy, lo sé, pero eso no quita cuáles son mis sentimientos. - Me sinceré.
- Ah, ¿sí? ¿Y cuáles son tus sentimientos? - Quiso saber.
- Te quiero y te amo. Se resume en eso, porque la palabra que define lo que siento por ti, todavía no se ha inventado. - Fue mi respuesta.

No respondió, tan sólo me miró, sonrió y me volvió a besar. Se puso en pie enfrente de mí, invitándome con su mano a que yo también me levantara. Entonces, se colocó detrás mío. Apoyó su barbilla en mi hombro, y me susurró al oído:

- Si tú me quieres como ese charco de ahí. - Dijo mientras señalaba a un pequeño charco que se formaba entre las rocas. - Yo te quiero como ese charco de ahí. - Prosiguió explicando mientras señalaba al inmenso mar.
- Sigo repitiendo que estás equivocado en cuanto a lo que crees que te quiero. - Me expliqué.
- Bueno, pero aún así, yo siempre te querré más que tú a mí. - Dijo.
- No me busques... que me encuentras. - Bromeé mientras sonreía.
- Mira, ¿ves el horizonte? - Preguntó.
- Sí. - Afirmé.
- ¿Ves que tenga final? - Otra pregunta más.
- No, el horizonte es infinito. - Dije.
- Pues como esto que estamos viviendo. - Finalizó.

Y paseamos juntos por la playa, juntos, de manos, uno al lado del otro. Dejándola atrás con cada unos de nuestros pasos. Dejándola sola para otro día seguir escribiendo nuestra historia.

domingo, 9 de mayo de 2010

¿Cuántas estrellas habrá en el cielo?

Y ahí estábamos los dos otra vez. En esa playa que se había convertido en nuestra compañera. Paseábamos juntos de la mano por la orilla, como solíamos hacer desde hace un tiempo.

- ¿Qué sientes ahora? – Preguntó.
- ¿A qué te refieres? – Contesté extrañada.
- ¿Acaso no sientes algo ahora mismo? No sé, te noto callada pero, a la vez, pensativa. ¿Qué te pasa ahora mismo por la mente? – Me aclaró.
- Sí, no te miento, estaba pensando. Pensaba en ese mundo que hemos creado. Ese en el que no dejamos que las adversidades entren. Me conoces perfectamente, al detalle diría yo, y yo a ti también. Por eso, sabemos estar con nuestras diferencias y, a la vez, resaltar nuestras compatibilidades. – Le expliqué.
- Pero, ¿Eso es malo? – Curioseó.
- No al contrario, no lo digo como algo malo, ni mucho menos, al contrario más bien. – Dije.

Ninguno lo de los dos volvimos a decir nada. Caminábamos por la orilla en silencio, pendiente de nuestros pensamientos, atendiendo sólo a ellos. Llegamos hasta el final de la playa. Hasta esa zona en la que se encuentran esos pequeños riscos que albergan en su interior pequeños lagos de agua salada, como consecuencia del oleaje. Me detuve ahí, para, acto seguido, sentarme en la arena. Le miré esperando a que él también se acomodara a mi lado. Sin embargo, no lo hizo. Se alejó de mí, buscando algo. Finalmente, lo encontró: una pequeña piedra plana. Comenzó a lanzar piedras del mismo tamaño hacía el mar. Yo, por el contrario, no podía apartar mi mirada de él. Entonces, en ese momento se giró hacía mí mientras sonreía:

- ¿Has visto eso? Conseguí que saltara cinco veces por encima del agua antes de hundirse. ¡Nunca antes lo había conseguido! – Exclamó.
- Sinceramente, no lo vi. Estaba más pendiente de otra cosa. – Sonreí algo tímida.
- ¿Otra cosa? ¿Qué observabas, cómo baten las olas por ahí? – Dijo mientras se acercaba hasta donde yo permanecía sentada.
- No, miraba al ser más perfecto que existe sobre la faz de la Tierra. – No podía parar de sonreír y decir esas palabras me producía una felicidad plena.
- Imposible. – Contestó, a la vez que se arrodillaba enfrente de mí. – Yo lo conozco y es imposible que tú puedas observarlo – Prosiguió.
- ¿Ah, sí? ¿Lo has conocido? Y, ¿quién es? – Indagué.
- Lo conoces más de lo que crees, convives con él día y noche. Es una chica, más o menos alta, pero que yo siempre la llamo enana. Castaña, aunque siempre la llamo rubia, sólo porque sé que le molesta. Sonrío si veo que ella lo hace. Sus labios son muy cómodos y sus besos son perfectos. ¿Sabes, ahora, quién es? – Me preguntó.
- Pues como no sea alguna de tus admiradoras secretas, no, no la conozco – Bromeé.
- ¿Sabes lo que te digo? – Sonrió.
- Dime.

Y me besó. Tan sólo me besó. Y seguimos así durante unos instantes, tan sólo sintiendo lo que estaba pasando en ese momento. Sintiendo que estábamos solos en esa playa, que estaba desierta alrededor nuestro. El ruido de las olas a lo lejos hacía que todo fuera más relajado, más íntimo, más romántico. Sus labios se despegaron de los míos.

- Eso es lo que te digo. – Dijo.
- Pues no ha estado nada mal, ¿eh? Deberías decírmelo más veces. – Reí.
- Si por mí fuera no separaría mis labios de los tuyos ni un solo instante. – Se sinceró.
- ¿Has visto? Otra vez se nos ha hecho de noche y no nos hemos dado ni cuenta.
- ¿Sabes por qué? Porque estaba observando al ser más perfecto que existe sobre la faz de la Tierra. – Me remedó.
- Y ahora soy yo la que te digo que eso es imposible. Porque ahora mismo estoy observándole y dudo que tú también lo puedas hacer. Lo tengo enfrente de mí ahora. Es un chico. Uno al que le llamo carapan. Uno al que me gusta llamarle borde, tan sólo por ver la reacción que tendrá después. Uno que mueve masas entre las féminas de sus alrededores. ¿Sabes tú quién es? – Le pregunté.
- Pues… no sé, como no sea uno de tus amantes, no creo que lo conozca. – Bromeó él.

Entonces ahora me decidí yo. Me abalancé sobre él, haciendo que se cayera sobre la arena, esa que tanto había querido evitar. Y le besé, le besé como jamás antes lo había hecho. Y continuamos ahí: él acostado boca arriba sobre la arena y yo recostada encima suyo, a su lado. Nos quedamos ahí un rato, mirando las estrellas. Desde ahí se podían ver perfectamente, pues no había ninguna luz que les pudiera hacer justicia.

- ¿Sabes cuántas estrellas habrá en el cielo? – Quise saber.
- No, y tampoco me importa mucho su número. – Fue su respuesta.
- ¡Ains, qué borde eres! – Exclamé.
- ¿Borde yo? ¿Por qué? – Se molestó.
- No te enfades, ya sabes que lo digo de broma. Sólo lo dije por tu respuesta. – le aclaré.
- Bueno, he dicho que no me importa su número, porque aún contándolas seguro que es mucho menos de lo que yo te quiero a ti.
- Y entonces, ¿cuánto me quieres a mí? – Pregunté.
- Infinitas veces infinito. – Sonrío.
- ¡Qué casualidad! Muy parecido a mí, pero lo mío es infinitas veces infinito por dos.
- ¿Sabes? Me encanta nuestro mundo. – Musitó.
- A mí también. Es un lugar perfecto que hemos creado nosotros, sólo nosotros, y que jamás encontraremos uno igual.
- Efectivamente, nunca lo habría definido mejor. – Finalizó.

Y permanecimos ahí, hablando y riendo mientras observábamos las estrellas. Mientras la brisa del mar hacía que nos uniéramos más. Donde las olas batían a lo lejos.

lunes, 3 de mayo de 2010

Creando mundos...

Era una tarde de verano. Recalco, una tarde, calurosa, de verano. El sol daba de frente pero, a la misma vez, corría una suave brisa que hacía más llevadero el calor que hacía. Él y yo sentados en frente de esa playa. Esa que se había convertido en nuestra compañera de tardes desde hacía, ya, un par de meses. Estuvimos un rato en silencio, observando el vaivén de las olas, como ellas chocaban con las rocas que se encontraban apenas a unos metros por debajo de nosotros. Entonces su voz rompió el silencio:

- ¿Qué te pasa?
- ¿A mí? Nada - intenté disimular.
- Sé que te pasa algo, te conozco demasiado, a mí no me puedes mentir. - Afirmó. Y es verdad, si había alguien en el mundo a quién no le podía engañar era a él, entre otras 4 personas más.
- No, en serio, no te preocupes no es nada. - le quité un poco de importancia para que no se preocupara.
- Oye, puedes contarme lo que sea, sabes perfectamente que estoy aquí para lo que necesites.
- Ya... Es que, ¿sabes? Tengo miedo. Tengo miedo del amor. - Conseguí pronunciar al fin.
- ¿Miedo? Siempre has creído que el amor es ese sentimiento único, que experimentas cuando esa persona te complementa, cuando llegas a ser uno con ella. Ese sentimiento que te hace flotar por encima de las nubes e, incluso, por encima de las estrellas. Dudo que alguien como tú, sienta miedo del amor. - Me contestó él.
- ¿Acaso no puedo sentirlo ahora? ¿Por qué te parece tan irreal que me sienta así? - Quise saber.
- Porque ya te lo he dicho, te conozco, te conozco muchísimo y jamás tendrías miedo al amor. - Fue su respuesta.
- Te noto más convencido a ti que yo misma. Es cierto, creo que el amor es todo ese sentimiento, pero temo no volverlo a tener nunca. Me han hecho daño, ¿sabes? Pero aún así, y no sé porqué, sigo teniendo la esperanza en él. Por cierto, ¿cómo has sido capaz de describir tan bien el amor? - Pregunté.

Su expresión de la cara cambió. Me miró fijamente a los ojos. Tenía una mirada intensa. Sus ojos oscuros se clavaron en mí y por un momento me sentí intimidada, pero, al mismo tiempo, era como un hechizo del que no me podría librar, pues ninguno de los dos queríamos apartar nuestras miradas del otro. Entonces al fin, consiguió responderme:

- Pues, porque esa sensación es la que tengo siempre cuando te miro. - Se sinceró.

Creí que el mundo se paraba. El corazón no dejaba de latirme con fuerza. Con una fuerza que retumbaba en mis oídos. Tanto era el sonido de mi corazón que por un instante no pude escuchar las olas. Le miré de nuevo, pero esta vez examinando bien su rostro. Intentando identificar alguna pista que me diera a entender que era una broma. Pero no fue así. No dió señales de mentira o de burla. Entonces, mientras todavía seguía atónita, continuó:

- No te preocupes, sé perfectamente que yo no seré para ti. Nunca seré tu tipo, te gustan con menos pelo - Intentó bromear para quitarle tensión a la situación.

De la misma forma, mientras me reía, yo le contesté:
- Hombre, el pelo siempre se puede depilar.

Entonces ambos estallamos en carcajadas que resonaban por toda la playa. Parecía todo tan perfecto, tan idílico. El sol comenzaba a ponerse poco a poco entre las montañas del fondo, cerca del mar. ¿Ya? ¿Tanto tiempo ha pasado?

- ¿Sabes? Ahora sí que no le tengo miedo al amor. - Le dije mientras le sonreía.
- Ah, ¿no? ¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión?
- Tú.
- ¿Yo? ¿Y por qué yo?
- Pues porque desde hace un tiempo, desde hace unos meses, cuando volvimos a reencontrarnos, cuando volvimos a quedar después de tanto tiempo, sentí que estabamos destinados a estar juntos. Y es irónico, no creo en el destino, pero creí que podríamos funcionar juntos. Renegué del amor, del amor que sentía hacía ti, por miedo al rechazo. Por miedo a que me volvieran a hacer daño. Pero, ¿sabes? Creo que tenemos que arriesgarnos en la vida para poder alcanzar lo que queremos. Las metas que nos proponemos. Tú eres mi próxima meta. ¿Qué me dices? - Pregunté mientras observaba cada movimiento de su cuerpo.
- ¿Qué te digo? Pues... te quiero. Eso es lo que te digo, ¿qué te parece? - Dijo buscando la aprobación en mis ojos.
- ¿Qué me parece? Pues creo que te ha faltado un poco de sentimiento, lo he notado muy... plano - Le respondí mientras no podía parar de sonreir. Esa sonrisa pícara que siempre ponía para conseguir lo que quería.
- Ah, ¿Sí? ¿Eso te parece? Pues bien... ya no te diré más que te quiero... - se "enfadó".
- Pues si no me vas a decir que me quieres, has cometido un error puesto que al negarlo lo has vuelto a decir, por lo que has faltado a tu palabra.
- ¡Dios! ¿Por qué siempre tienes que buscarle el fallo a todo? - Se reía.
- Porque soy así. Siempre lo he sido, por eso me conoces tan bien.
- Sí y, además, por eso te quiero... - musitó.
- ¿Sabes una cosa? Yo también te quiero. Te quiero muchísimo.

Entonces nuestras miradas se volvieron a juntar. Mi respiración comenzó a entrecortarse, de la misma forma que me pasaba cuando él me miraba. De nuevo mi corazón volvía a latir ensordeciéndome. Nos fuimos acercando lentamente el uno al otro. Hasta que por fin, nuestros labios se juntaron. Nos transmitimos en ese beso mucho más de lo que podíamos hacer con las palabras. Después, me abrazó, mientras yo me acurrucaba a su lado, apoyando mi cabeza en su hombro, a la misma vez que nos quedamos mirando hacía el mar.

- ¿Te has dado cuenta? Ya es de noche... El tiempo se me pasa volando cuando estoy a tu lado - Consiguió decirme.
- Sí, ya me dí cuenta. Y ahora yo te pregunto, ¿si el tiempo pasa tan rápido, para qué vamos a desperdiciarlo estando separados?
- Eso mismo me pregunto yo.

Y con un beso sellamos lo que sería nuestro amor eterno.