sábado, 31 de julio de 2010

Un golpe de suerte. Primera parte.

1.

Un día más me despierto hecha un ovillo en la cama. Sin duda, este va a ser un día muy largo como todos los que he estado teniendo últimamente. Voy al baño, me miro al espejo, sin duda con esta cara no llegaré a un lado. Me la lavo en un intento de parecer más decente, me peino un poco el pelo con las manos y me dirijo hacía la cocina. Abro el armario cojo el Nesquik, y en el que está justo al lado, una taza. Abro la nevera, cojo la leche fría. Uno los dos ingredientes que tengo en ambas manos y de camino a mi cuarto voy revolviendo la taza para endulzarlo un poco con el azúcar que le acabo de poner. Ya en mi cuarto me paro delante del armario. ¿Qué me apetece ponerme? Báh, esto mismo: vaqueros, camiseta y una sudadera de capucha. Preparo los últimos detalles en el bolso mientras apuro mi desayuno. Vuelvo al baño para maquillarme y de esa forma volver a intentar disimular mi cara de estampo. Me dirijo hacia la puerta de entrada en la que con un toque suave consigo cerrarla. Mirando el reloj y un poco más apurada de lo normal, porque llego tarde, corro escaleras abajo sin fijarme en nada más. De repente, ¡PUM! Colisión... - Dios, estás cosas solo pasan en las películas porque me tiene que tocar ahora cuando más tarde llego y justo a mí que no tengo ganas de nada. - Digo para mis pensamientos. Entonces le miro y me pierdo en su mirada por un instante, pero que, a la vez, es eterno. El tiempo se paró por un momento. ¿Y si no fuera tanta casualidad? ¿Y si el destino, a pesar de que no creo en él, lo ha hecho adrede?

- ¡Uy! Perdona, no me había fijado que subías, iba como una moto pensando en mis cosas - Conseguí decir entre balbuceos.
- No pasa nada. Me llamo Adam, soy tu vecino, el del tercero B. Encantado de conocerte. - Dijo con una amplia sonrisa.
- ¡Hola! Yo me llamo...
- ¡Erleen! - Contestó, casi dando un grito.
- ¿Cómo te sabes mi nombre? - Pregunté un poco extrañada. Era la primera vez que veía a ese chico por mi edificio y ¿ya se sabía mi nombre?
- Sí, lo pone en tu carpeta - Murmuró señalando a la carpeta que llevaba entre las manos.
- ¡Ah, sí! Es verdad, no me había dado cuenta que lo tenía puesto - Sonreí un poco sonrojada. Entonces algo me llamó la atención: el reloj. ¡LLEGO TARDE! - Eh, lo siento, Adam, pero tengo mucha prisa o llegaré tarde.
- No te preocupes, ya nos veremos más veces por aquí. - Prometió.
- ¡Claro que sí! - Afirmé. - Encantada de conocerte.

Salí corriendo por la puerta del portal. Fuera me estaba esperando, reluciente y brillante tal y como lo había dejado la noche anterior. Mi pequeño Volkswagen Beetle descapotable, color granate con asientos de cuero color crema estaba aparcado justo delante de casa. Arranqué lo más rápido posible y llegué al hospital.

- ¡Buenos días, soy la nueva! ¡Vengo a hacer las prácticas! - Dije a la mujer que se encontraba en el mostrador.
- ¡Muy bien! Usted es la señorita Erleen, ¿verdad? - Contestó con una amplia sonrisa.
- Sí, efectivamente esa soy yo. - Respondí de la misma forma.- Pase por esa puerta y en la sala número 8 le atenderá su tutor. - Me indicó.

Ahí me dirigía, entré en la puerta que me había señalado la mujer del mostrador y toqué un poco nerviosa. Una voz desde el interior de la habitación contestó: - ¿Sí? ¡Adelante! Nerviosa alcancé a abrir la puerta.

- ¡Buenos días! Soy la chica que está en prácticas. Me llamo Erleen, encantada de conocerle. – Dije decidida para causar buena impresión.
- Bienvenida al equipo señorita Erleen, mi nombre es Alexander. En seguida empezaremos las prácticas, pero estamos esperando a un compañero suyo que todavía no ha venido. Aunque es lógico, llega usted temprano.- ¿Temprano? ¿Ha dicho temprano? Pero ¿cómo? Si salí apurada de casa.
- Disculpe, ¿qué hora tiene usted? – Pregunté un poco asustada.
- Son las 8:45, señorita. – Contestó con una sonrisa. ¡Dios, se me había olvidado! ¡Anoche cambiaron la hora! Por un lado respiré aliviada, por otro tenía ganas de morirme, podía haberme quedado un poco más en la cama y puede que hubiera evitado el choque de esta mañana con ese chico.

Ese chico… Adam. Era extraño que jamás lo haya visto, puesto que es alguien en el que te fijarías a la primera. Es muy atractivo. Pelo larguito, castaño y con mechas rubias del sol. Piel morena. Alto y, además, fuerte. Tiene una espalda bastante ancha y unos brazos bastante grandes, puede que de ir al gimnasio o de alguna actividad que haga. Ojos achinados, oscuros, pero con pintitas más claras. Pero lo que más me llamó la atención en su cara fue ese lunar: el lunar que tiene justo debajo de la nariz. Sin duda, un sitio peculiar para un lunar, pero, a la vez, un lugar muy especial. Y mientras seguía pensando en ese misterioso chico, apareció por mi mente otra persona. James. Sin duda, ya había pasado un mes y lo seguía echando de menos. Una relación que duró poco, que fue corta pero intensa. Pero él se había ido, eso era lo único que tenía claro y desde entonces, todas las noches era una constante pesadilla, no paraba de despertarme a las tantas y no me dormía pasadas las horas. Se fue, sin darme explicación ninguna. ¿Acaso seré mala? No sé, es algo que siempre pensé, puede que sea yo la causante de todo, la que tiene la culpa porque sino no me lo pued…Algo interrumpió mis pensamientos: el sonido de la puerta al ser golpeada y la voz de mi tutor invitando a que pasase esa persona que se encontraba al otro lado. Yo, por el contario, seguí mirando hacia el suelo y de repente oí esa voz. Esa que me resultaba familiar porque hacía unos minutos que la había escuchado.

- ¡Buenos días! Disculpe, creo que llego con dos minutos o tres de retraso, tenía el reloj un poco atrasado con esto del cambio de la hora y se me había despistado todo. Mi nombre es Adam y voy a hacer su mano derecha. Soy el nuevo chico de prácticas. – Dijo con un semblante impecable, con una sonrisa de oreja a oreja y una mirada firme pero no intimidatoria.

El corazón me dio un vuelco. ¿Seré estúpida? ¿Por qué me pongo nerviosa si apenas lo conozco? Y sin saber porqué noto como mis mejillas cada vez me arden más, como si minutos antes de que él entrara sabía que yo estaba pensando en él, que estaba analizando “nuestro primer encuentro” y que, sobretodo, le estaba analizando a él. ¿Qué te está pasando Erleen? Es tu vecino, nada más. Ha coincidido que los dos trabajarais en el mismo sitio pero no pasa nada, lo sé afrontar. Por qué lo sé, ¿verdad? ¡Uf, relájate! Intenta que el día vaya bien.


Continuará...

miércoles, 21 de julio de 2010

Nuestro mundo.

Estábamos en un lugar cualquiera de un momento cualquiera. Él y yo. Solos, él y yo. De fondo se podía percibir el viento entre las copas de los árboles. Podíamos escuchar el cantar de los pájaros. Estábamos en plena naturaleza, lejos del bullicio de la ciudad.

-¿Quieres que te enseñe algo? – Me preguntó.
-¿Algo? ¿El qué? – Quise saber.
-No seas ansiosa y contesta únicamente a mi pregunta – Respondió él.
-Vale, pero, ¿está muy lejos?
-Hay que ver lo vaga que eres… – Se burló.
-No, no es por vagancia sino que me gusta este sitio. Además, que hemos estado toda la mañana caminando y no he podido disfrutar de todo lo que podemos ver aquí – Contesté algo molesta.
-Bueno, no te preocupes, era un sitio mil veces mejor que éste. De esos que se te quedan grabados en la retina y aunque pasen mil años, no te podrás olvidar. Es un lugar idílico, mágico como jamás podrás imaginar. Pero quizás en otro momento te lo enseñe, cuando hayas podido disfrutar de esto – Fue su respuesta para hacer que me sintiera culpable y, de esa forma, persuadirme.
-Ains, hay que ver cómo eres tú… – Resoplé.
-Jujujú ¿He ganado? – Sonrió.
-Bueno, vale, vamos, pero si tan maravilloso es ese sitio déjame disfrutarlo con mucho tiempo.
-Claro que sí, cuando tú decidas, volvemos – Finalizó.

Caminamos por nuevos senderos creados por nosotros, con cuidado para no caer en algún hueco traicionero. Él siempre pendiente de cada detalle para impedir que mis pies pisaran en falso. A medida que íbamos avanzando comenzaba a oírse un ruido que antes no había sonado, que antes no había aparecido en escena. Se detuvo, haciéndome parar en seco. Era un lugar maravilloso. Sin duda, la puerta al paraíso. Dos árboles habían crecido tumbados, uno enredado al otro, formando un marco a modo de puerta. Entonces me tapó los ojos:

- ¿Preparada para este mundo? – Me susurró al oído.
- Sí, estoy lista – Casi no podía escuchar el sonido de mi propia voz, ya que el murmullo que se oía antes inundó ahora todos mis sentidos. Extrañada intenté reconocer ese sonido. ¿Qué será? ¿Ramas? ¿Animales? Entonces mi cerebro mandó una señal a mis oídos: Agua. Eso era lo que sonaba. Justo en ese instante pude ver lo que me deparaba. Ese mundo en el que me encontraba. Una cascada inmensa se mostraba ante nosotros. Majestuosa pero, a la vez, inofensiva. El sol radiaba, pues no habían árboles que taparan esta pequeña zona. El agua emanaba de la cascada llegando a parar a un pequeño lago de agua cristalina.

- ¿Qué opinas? – Me dijo, a la vez, que esbozaba una sonrisa.
- Es auténticamente maravilloso este sito. ¿Cómo sabías de su existencia? – Curioseé.
- Mis padres me traían aquí cuando era pequeño. Es mi lugar favorito desde entonces. Pocas personas conocen su existencia, pues no es fácil llegar hasta aquí. Es más, cuando apenas tenía ocho años me prometí que sería mi lugar secreto. De esos que salen en las películas. Sin embargo, tras, casi, diez años, he roto esa promesa, pues deseaba que tú también conocieras lo que siempre denominé como: mi mundo – Me informó.
- ¡Dios, es que me encanta! En serio, ¡Es perfecto! – Exclamé maravillada.
- Por eso quise traerte. Sabía que te encantaría. Dime, ¿eres feliz? – Dijo seriamente mirando a través de mis pupilas.
- ¿Por qué me preguntas esto? ¿Acaso no sabes la respuesta? – Pregunté.
- Sí, claro que la sé, pero quiero oírla de ti. Quiero que el aire pase por tu garganta y salga de tus labios – Dijo, casi suplicando.
- ¿Si soy feliz? No, no lo soy. Pues si contesto afirmativamente a esa pregunta no podré demostrarte el grado real de felicidad que tengo, pues es mucho mayor que feliz. Mucho más. – Contesté satisfecha de mi respuesta.
- Para ser rubia has dado una muy buena contestación. No pensé que fueras a decirme algo parecido. – Sonrió.
- Te he dicho mil veces que no me llames rubia, porque no lo soy. – Dije algo molesta.
- ¡Ah, es verdad! Eras rubia – Dijo mientras se reía, a la vez que salía corriendo para huir de mí.
- Vas a hacer que me caiga por perseguirte.

Entonces se frenó en seco:

- Y, ¿por qué lo haces?
- Porque no me gusta que me llames así y lo sabes.
- Sí, lo sé. Y esa es la razón por la que sigo diciéndotelo.

Se acercó lentamente hacía mí. Con la mirada clavada en mis ojos. Una mirada intensa, de esas que acaban por intimidarte y hace que apartes la vista. Pero no lo hice. Por fin, estábamos a escasos centímetros. Incliné mi cara hacía arriba para seguir mirándole. El sol seguía brillando en lo alto. Sol de mediodía. La cascada fluía con un sonido agradable, como si de música suave se tratara. Entonces, me puse de puntillas para poder llegar a sus labios, para poder besarle.

- Éste será nuestro mundo. El que hemos construido. Tan sólo tú y yo – Me susurró al oído.
- Te quiero. Infinitas veces infinito. – Musité.
- Infinitas veces infinito por dos. – Finalizó.

miércoles, 7 de julio de 2010

Encuentro inesperado.

Era noche cerrada, noche de un caluroso verano. El reloj marcaba las dos de la madrugada, sin embargo yo estaba tan despierta como si fueran las doce del mediodía.

Era una noche típica, como otra cualquiera. Yo, sobre mi cama intentando conciliar el suelo. ¿La única pega? Que estaba sola. Cuando se tiene a esa persona importante a tu lado, cerca tuyo, parece que te dejas dormir más rápido por la seguridad que te brinda su compañía. Sin embargo, ahí estaba yo, desvelada y dando vueltas entre las sábanas.

Sí, sin duda, era una noche cualquiera. No, en realidad, no. Algo iba a suceder, algo iba a cambiar y hacer que fuera totalmente diferente y única.

Un ruido se va colando entre mis ventanas hasta que soy capaz de poder percibirlo con total claridad. Un sonido que cada vez me es más familiar. El sonido de ese motor que ruge como si de un tigre se tratara. En seguida, dí un salto de la cama y salí al balcón. Efecticamente, no me equivocaba, ahí estaba tu coche. Ahí estabas tú, apoyado en el lateral de tu Escarabajo mirando hacia arriba haciendo que nuestras miradas se cruzaran. Esa mirada que logró conquistarme tiempo atrás.

Cogí lo primero que alcancé a ver, me lo puse lo más rápidamente posible. Salí sin hacer ruido de casa, bajé las escaleras de la forma más apresurada que conozco, me dirigí a la calle y eché a correr a tu encuentro. Me cogiste al vuelo mientras estábamos abrazados.

- ¿Y esto? ¿Qué haces aquí? - Pregunté algo extrañada y extasiada de la carrera.
- Vine a recogerte porque no podía esperar a mañana para volver a verte. Además, tampoco podía dormirme, no sé porqué, pero no podía, así que decidí coger el coche y pasar a buscarte. - Me contestó con detalle.
- Yo tampoco he podido dormir. Es genial que hayas venido. ¿Adonde vamos? - Quise saber.

- Eso lo sabrás más tarde. - Dijo mientras me tapaba los ojos con una venda.

Nos subimos al coche, rumbo a ese lugar tan misterioso. Sin embargo, el trayecto se hizo ameno ya que de su reproductor de música iban apareciendo canciones muy significativas para nosotros.

Tras un largo rato, que a mí se me hizo eterno, el coche se paró, ya no había ningún ruido, aunque de fondo sonaba algo que no lograba captar muy bien. Con dificultad me ayudó a bajar del coche y me indicó donde debía de esperar. Entonces fue cuando me quitó la venda. Debajo de nosotros unas escaleras que dirigían a una playa, una de mis playas favoritas.

- Aquí nos quedaremos un rato, quiero ver cómo amenece a tu lado. He preparado algo ahí abajo, en la arena, para que podamos dormir si lo deseas. - Me indicó.
- Me parece totalmente perfecto. - Su mano alcanzó la mía y juntos nos dirigimos hacia las cosas.

Pasaron las horas y tras echar una larga, pero a la vez corta, cabezada me comienzo a despertar entre el rúgido de las olas y entre los pequeños besos que me daba.

- ¡Buenos días princesa! Ya comienza a amanecer. ¿Lo ves? ¿No te parece genial? Hoy ha sido una gran noche, he podido ver cómo dormías, que, por cierto, ha sido un placer, totalmente un placer, mirarte mientras lo hacías y ahora estamos viendo este pedazo de amanecer juntos. Creo que jamás había visto uno tan bonito. - Me susurró al oído mientras yo le sonreía.
- ¡Buenos días cielo! Lo siento muchísimo, me quedé dormida y no me di ni cuenta, estábamos hablando y caí rendida. - Me disculpé.
- No te preocupes cielo, no veas lo que he disfrutado verte dormir, en serio, no tengas problema ninguno. Ahora tan sólo observa este amanecer. No digas nada más. - Y mientras decía esto me besó para sellar lo dicho.

Y tras ese gran amanecer que pudimos captar con nuestros propios ojos, nos fuimos, volviendo cada uno a nuestra casa, de forma disimulada para que no se notara nuestra ausencia nocturna.

Sin duda, lo que empezó como una noche cualquier, acabó siendo una de las mejores noches habidas y por haber.

lunes, 28 de junio de 2010

La historia de nuestro amor.

Nueva tarde. Otra de nuestras tardes juntos. Sin prisas, sin agobios, sin nada que nos importe más que el momento en el que vivimos ahora. Un parque, sí, como la última vez, pero no es el mismo, es otro. Está en un lugar mucho más alejado del anterior, pero igualmente hermoso. Todos los sitios son así si tú apareces en ellos. Como si de un sueño se tratara.

Preparar la cámara, uno de nuestros hobbies que cada día roza más allá de la afición. Me preparo, me pongo mis puntas de ballet. Esas que me compré especialmente para sacar fotos. Me das un par de indicaciones y empieza lo que llamamos sesión. Sin embargo, no con mucho ánimo, decidimos tumbarnos sobre el césped. Como solemos hacer siempre.

- ¿Sabes? No sé qué haces pero me encanta. – Me dijo.
- No sé a que te refieres la verdad, ¿qué se supone que hago? – Pregunté un poco extrañada.
- Si te soy sincero, ni yo mismo sé qué haces, como ya te dije antes, pero tu forma de ser, tu forma de ser conmigo, me tiene enamorado. Sin duda, nunca pensé en llegar a esto. – Sonríe.
- Pues no sé qué decirte la verdad, mi forma de ser nunca ha estado al agrado de todos, o por lo menos de la mayoría de las personas que me importaban o importan, porque soy demasiado impulsiva y puedo decir cosas que hacen daño sin darme cuenta. Además, que hay gente que aguanta más y otras menos y, por lo general, siempre han aguantado menos. – Me reí.
- La verdad, es que no me lo puedo llegar a creer. Hace unos meses veía tus fotos y pensaba en que eras preciosa, pero ya, después, el día que nos vimos… fue un día increíble. Es más, no te hacía así. – Me respondió.
- ¿No me hacías así, cómo? ¿Así de fea? Sí, las fotos favorecen más, en realidad se pierde. – Dije mientras sonreía.
- Jajajajaja, no seas idiota. Me refería a que te hacía más bajita. No sé en la fotos no parecías tan alta, de ahí que siempre te llamará enana, aunque aún así, aunque seas alta y tengas un año más, sigo llamándote enana. – Consiguió decir entre risas.
- Ya te dije que no era ninguna enana. – Dije, fingiendo estar molesta.
- Venga, va, no te pongas así, que tú sabes que son bromitas – Contestó con esa sonrisa que sólo él sabe poner.

Le sonreí. Me sonrío. Me acerqué más a él, reduciendo el poco espacio que quedaba entre nuestros cuerpos para así poderme sentir más protegida. A salvo de cualquiera que pueda acceder a esto. Pero no. Eso es imposible. Hemos creado una esfera, como pocas existentes. Una esfera capaz de protegernos a él y a mí. Ante los posibles peligros y ante cualquier tipo de bache. Siempre estamos ahí. Siempre conseguimos salvarlo.

No sé porqué, pero me sentía volar, me sentía como si estuviera en una nube. Algo extraño puesto que el césped en el que nos encontrábamos no estaba del todo cuidado. Pero había algo que hacía que me sintiera muy lejos, sí, muy muy lejos. Como en ese libros, sí, ese en el que decía que era capaz de estar a “tres metros sobre el cielo”. Me sentía como los protagonistas de esa novela que tanto me fascinó.

Entre risas y bromas. Entre conversaciones más serias, nos vamos conociendo poco a poco, cada vez más, hasta el punto de llegar a tener una conexión tal que somos capaces de hasta leernos los pensamientos. Y no es muy común que pase. Además, nunca he sido de las que creen en las casualidades, como escuché una vez en una serie cuando era pequeña: “No existen las casualidades sólo existe lo inevitable”. Y sí, creo en eso. Tampoco creo en el destino, pero ¿y si estamos aquí por alguna razón en especial? ¿Si estamos realmente destinados? Entonces se dio cuenta. Y se quedó fijamente mirándome. Sabe perfectamente que cuando hace eso me pone muy nerviosa:

- ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? – Le pregunté, intentando salir de dudas.
- No sé, dímelo tú, te notaba algo… pensativa, ¿me equivoco? – Preguntó, aunque en el fondo sabe perfectamente que tenía razón.
- Pues sí, pensaba que aunque no crea en el destino ni en las casualidades puede que lo de estar juntos signifique algo. Me refiero a que puede que tenga una razón concreta. Que haya un trasfondo en todo esto, pero no sé exactamente cuál, y estaba buscando una solución a ese "problema", pero bueno, ¿sabes? No me importa. Esto va bien, seguimos bien, no hemos tenido peleas, nos conocemos muy bien y sabemos perfectamente lo que nos gusta y lo que no, además, pocas personas llegan a conocerme de verdad y tú creo que me conoces bastante. Aunque para tu desgracia te queda mucho por conocer. – Le expliqué con detalle lo que pensaba.
- Pues ¿sabes? Yo en el fondo lo siento por ti. Sí, no me mires con esa cara. Lo siento, porque tienes que aguantar a un pesado como yo. – Me dijo.
- ¿Sabes lo que te digo? Es un sacrificio que estoy dispuesta a hacer. – Le contesté mientras le sonreía.

Entonces ahí se acabó nuestra jornada. No, sin antes darme un beso, tras la eminente declaración de amor que le acababa de demostrar con esa simple frase final. Corta, pero intensa, cargada de significado. Y como siempre, llegó la hora de marcharnos, la hora de volver a casa para pasar un día más en el que podamos regresar y contar nuestra historia al día siguiente, una vez más. Para volver a escribir en hojas en blanco la historia de nuestra vida. La historia de nuestro amor.

domingo, 6 de junio de 2010

Observar las formas de las nubes.

Otra noche más. Una noche cualquiera, ¿a quién le interesa más detalles? Vale, diré algo más, una noche de Junio, se respiraba ya el ambiente a verano, a vacaciones, a libertad.
Otra vez esa playa. La playa de nuestras fantasías. Nuestra más fiel compañera de juegos y de carcajadas. Ella y nosotros.
No era un gran día, no hacía un gran tiempo. Estaba todo nublado y un poco gris, sin embargo, nosotros parecíamos pintarlos con los colores más bellos que teníamos en nuestras paletas de pintores.
La arena, negra y caliente, se comportaba como nuestra cama. Nuestra confortable cama en la que nos acomodábamos para observar el cielo. Ese cielo lleno de nubles pero que de pronto, aparecía un rayo de sol tímido. Uno de los últimos que ya quedaban en el cielo.

- Vamos a observar las formas de las nubes. - Propuso.
- ¿Qué formas? Está todo tan nublado que ni siquiera se puede ver una mínima forma ahí arriba. - Rebatí la propuesta.
- Pero mira, ¿ves eso? - Preguntó.
- No, ya te he dicho que no veo nada. - Contesté.
- Bah, mira, fíjate es un dragón y mira ahí hay otro. ¿No ves ese flotador de ahí? - Dijo, mientras sus dedos dibujaban formas imaginarias.
- Pero ¿qué estás diciendo? Yo no veo nada. - Comenté.

Y él seguía y seguía buscándole formas a las nubes, a esas nubes que no tenían forma pero que gracias a su imaginación, como si de un niño pequeño se tratase, dibujaba con sus dedos. Cada vez formas más peliculiares, formas totalmente disparatadas y locas que hacían que no pudiera parar de reír. Eso me gustaba. Reír.

- ¿Te has dado cuenta de que esta playa está desierta? - Indagó entre mis pensamientos.
- Sí, me había fijado hace un rato, es raro verla así. - Dije.
- ¿Sabes? Esto no lo había hecho con nadie antes. - Contestó mientras su mirada se fijaba en mí.
- ¿El qué exactamente? - Le miré yo también.
- Estar en la playa, a esta hora, acostado en la arena como si se tratase de otra cosa, mirando al cielo que a decir verdad no está muy bonito hoy, pero ¿para qué quiero ver el cielo teniendo a una estrella a mi lado? - Preguntó.
- Es verdad, odias la arena - Sonreí. - En cuanto a lo que soy una estrella, creo que te he cegado demasiado y ya no distingues entre lo normal y lo bello. Soy normal, muy normal. - Contesté.
- No eres solo normal, eres única, jamás había conocido a alguien así. Eres princesa. Princesa de mi reino. - Sonrió de nuevo.

En ese instante no me pude resistir a esas palabras que había pronunciado. Concretamente a esa palabra que tanto me encantaba. La única que consigue hacerme derretir por completo. Le besé. Le besé como si nunca lo hubiera hecho. Con ternura, con delicadeza, pero también con pasión. Con mucha pasión. Nos fuimos abandonando, escuchando sólo nuestra respiración, entrecortada por los besos que nos estábamos brindando, y, también, el mar. El rugir de las olas, el sonido que producen al romper.

- Eres increíble. - Le dije.
- Ya, claro, a ratos. - Respondió.
- ¿Por qué nunca me crees? - Pregunté un tanto molesta.
- Por qué se lo que sientes. - Afirmó.
- Dudo mucho que lo sepas, porque es mucho más de lo que cabes a imaginar. Tengo miedo de cada paso que doy, lo sé, pero eso no quita cuáles son mis sentimientos. - Me sinceré.
- Ah, ¿sí? ¿Y cuáles son tus sentimientos? - Quiso saber.
- Te quiero y te amo. Se resume en eso, porque la palabra que define lo que siento por ti, todavía no se ha inventado. - Fue mi respuesta.

No respondió, tan sólo me miró, sonrió y me volvió a besar. Se puso en pie enfrente de mí, invitándome con su mano a que yo también me levantara. Entonces, se colocó detrás mío. Apoyó su barbilla en mi hombro, y me susurró al oído:

- Si tú me quieres como ese charco de ahí. - Dijo mientras señalaba a un pequeño charco que se formaba entre las rocas. - Yo te quiero como ese charco de ahí. - Prosiguió explicando mientras señalaba al inmenso mar.
- Sigo repitiendo que estás equivocado en cuanto a lo que crees que te quiero. - Me expliqué.
- Bueno, pero aún así, yo siempre te querré más que tú a mí. - Dijo.
- No me busques... que me encuentras. - Bromeé mientras sonreía.
- Mira, ¿ves el horizonte? - Preguntó.
- Sí. - Afirmé.
- ¿Ves que tenga final? - Otra pregunta más.
- No, el horizonte es infinito. - Dije.
- Pues como esto que estamos viviendo. - Finalizó.

Y paseamos juntos por la playa, juntos, de manos, uno al lado del otro. Dejándola atrás con cada unos de nuestros pasos. Dejándola sola para otro día seguir escribiendo nuestra historia.